La derrota que Coremex sufrió en Lerma no fue un simple traspié electoral. Fue el colapso anunciado de una estructura sindical que durante meses mostró signos evidentes de descomposición interna. Los trabajadores, lejos de dejarse intimidar por las campañas de propaganda o por el despliegue mediático de sus dirigentes, optaron por cerrarle la puerta a una organización que consideran ajena a sus verdaderas necesidades.
El resultado de la votación no admite medias tintas. Quienes durante años respaldaron —o al menos toleraron— las prácticas de Miguel Meneses y su círculo de confianza, decidieron esta vez dar un paso al costado y, más aún, empujar hacia afuera a una dirigencia que consideran capturada por intereses personales. Las acusaciones que circularon durante semanas en redes sociales y en conversaciones de pasillo dejaron de ser anécdotas para convertirse en un caudal de descontento que finalmente encontró cauce en las urnas. Lo ocurrido en Lerma evidencia un fenómeno que los analistas sindicales vienen advirtiendo: el agotamiento del modelo caudillista. Cuando un líder y sus allegados concentran decisiones, evitan la rendición de cuentas y son percibidos como una casta separada del resto de los trabajadores, el voto se convierte en la única herramienta de sanción real. Y en este caso, la sanción fue ejemplar.
Coremex ha sido cuestionado no solo por su desempeño en la defensa de derechos laborales, sino por lo que muchos consideran prácticas opacas en el manejo de recursos y en la toma de decisiones. Esa opacidad, antes tolerada como «parte del juego sindical», hoy es vista por una base trabajadora más informada y crítica como un lastre insoportable. Los trabajadores de Lerma entendieron que votar por Coremex no era solo elegir una opción sindical, sino convalidar un estilo de hacer política gremial que les resulta ajeno e incluso hostil.
La derrota, en ese sentido, es doblemente dolorosa para Miguel Meneses y su equipo. No solo perdieron en las urnas, sino que perdieron el relato. Ya no pueden presentarse como los únicos interlocutores válidos ni como la vanguardia inclaudicable de los intereses obreros. Los trabajadores les devolvieron la imagen que ellos mismos construyeron: la de una cúpula alejada, ensimismada y progresivamente irrelevante.
El futuro de Coremex en la región es incierto. Recuperar la confianza perdida requerirá algo más que cambios cosméticos o declaraciones de prensa. Exigirá una auditoría interna profunda, una apertura real a la crítica y, sobre todo, la construcción de nuevos mecanismos de decisión que devuelvan el protagonismo a las bases. Mientras eso no ocurra, Lerma quedará como el símbolo de un sindicato que supo estar y decidió mal.




