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Coremex y Miguel Meneses bajo presión: Trabajadores de nuevas empresas se suman a las denuncias contra el sindicato

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La máscara de la paz laboral se resquebrajó en mil pedazos. Lo que Miguel Meneses y su cúpula sindical intentaron vender como un incidente aislado en FUGRA, hoy se revela como la punta del iceberg de una descomposición ética profunda. La crisis de Coremex ya no es un fantasma que recorre los pasillos; es un grito visceral que retumba en las plantas de Gates Rubber y Sablón, cuyos agremiados han decidido romper el pacto de silencio impuesto a base de miedo y simulación.

“A nosotros no nos sacaron a un delegado, nos arrancaron la poca confianza que nos quedaba”, sentenció un operador con más de una década de antigüedad en Gates. La furia no es abstracta: es quirúrgica. Las bases han puesto el dedo en la llaga más sangrante del corporativismo sindical: el destino de las cuotas. A esos descuentos vía nómina los han calificado sin tapujos como un “impuesto privado” que cobran puntualmente cambio de absolutamente nada. No hay obra social visible, no hay defensa real frente a las gerencias, no hay un miserable eco que responda a sus demandas de seguridad.

La caída de Carlos Gamboa en FUGRA no fue un punto final, fue un detonante de memoria colectiva. Lejos de generar sumisión, la medida de fuerza de la dirigencia encendió las alarmas en otras factorías. Los trabajadores de Sablón, hartos de un Contrato Colectivo que califican de “basura inflacionaria”, interpretaron la cabeza de Gamboa como una advertencia: cualquiera que ose señalar las fallas de la cúpula será triturado sin miramientos. “Si así trataron a quien supuestamente era de los suyos, ¿qué podemos esperar los de a pie?”, claman.

Analistas del nuevo entorno laboral advierten que la simulación sindical de Coremex chocó contra una pared de realidad. La demanda ya no es solo por aumento salarial; es por dignidad elemental. Mientras Miguel Meneses administra el descontento desde una oficina blindada, en el piso de producción se denuncia la ausencia total de protocolos de higiene funcionales y una opacidad obscena sobre el dinero de los trabajadores. El reclamo ha transmutado de administrativo a político. Es la rebelión de quienes pagan un diezmo y hoy exigen, con los puños crispados, saber para qué demonios sirve su sindicato.

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